• abril 8, 2020
  • Trinidad, Beni

Carnaval en el pueblo mojeño trinitario: fusión de fe, tradición y ritos

El carnaval es celebrado de una manera especial en el pueblo mojeño trinitario, dentro de las manifestaciones se simbolizan elementos legados por los misioneros jesuitas, lo que en la sociedad moderna es combinado por componentes de disfraces, grupos que cantan coplas, desfiles y fiestas en la calle. Su característica común es la de ser un periodo de permisividad y cierto descontrol.

En la comunidad mojeña, los integrantes del cabildo indigenal hacen una representación de los días de Noe, cuando anunciaba al pueblo que vendría un gran diluvio y que duraría 40 días y 40 noches. En aquel entonces, mientras Noe llamaba al arrepentimiento, la gente se divertía haciendo todo lo desagradable a los ojos de Dios. Según la creencia mojeña, el carnaval representa la actitud rebelde y pecadora del pueblo.

Los tres días de carnaval: domingo, lunes y martes, la comunidad se une en una profunda reflexión, para orar y pedir perdón por los pecados de la humanidad. Las parcialidades se reúnen desde muy temprano en la capilla del cabildo para luego partir a la Catedral donde permanecen en oración, hasta el medio día.

En el templo, la feligresía católica reza frente a Jesús expuesto en el santísimo sacramento. Las mamitas abadesas reconocen toda su grandeza y le agradecen por el amor manifestado a lo largo de su vida.

“Jesús es nuestro mejor amigo, nuestro reconciliador, a quien podemos recibir en el Sacramento de la eucaristía, y a quien podemos visitar, acompañándolo, en el silencio”, comenta una religiosa.

En último día de carnaval, la comunidad participa en una precesión dentro de la Catedral donde el Obispo lleva consigo el cuerpo de Cristo, seguido de las autoridades del cabildo y feligresía católica que asiste al templo.

Finalizada la procesión, el corregidor manda a un comisario a recoger los bastones de mando o vara de virtud, para ser entregados al sacerdote, autoridad religiosa, que los guarda en la sacristía. La entrega de los bastones de mando significa que los hombres se despojan de toda autoridad y poder, en señal de paz, abriendo camino a la meditación.

Al regresar al cabildo, los mayordomos junto a sus esposas, han preparado un banquete especial, donde participa el pueblo y las almas de los difuntos. Se esmeran en preparar una comida deliciosa con base en pollo criollo sancochado, queso, pan de arroz, biscocho, carne de res, plátano maduro y chicha de maíz. El pollo es sacrificado por asfixia, no puede ser degollado ni por ruptura de cuello. El significado radica en que el pollo al sancocharlo entero mirando hacia arriba, cantará a San Pedro para que éste abra la puerta al alma del difunto.

El banquete está dedicado a las mamitas abadesas, mujeres que en tiempos de Noe oraron y pidieron al Señor para que dejara de llover. Son las primeras en servirse el alimento, degustando la mejor presa del pollo.

Concluido el ritual religioso, el alimento es distribuido al pueblo, todos quedan saciados pues representa el gesto divino de la multiplicación de los panes y los pescados. Jesús satisface las necesidades del ser humano y las personas aprenden a conmoverse ante las necesidades del prójimo.

Las autoridades del Cabildo Indigenal, también reciben sus platos de comidas.

La fiesta fusionada al rito, la fe y tradición, concluye con fuertes abrazos entre los presentes, todos piden mantener la fe religiosa e irradiar el sentido de solidaridad en la comunidad. Las costumbres y tradiciones se trasmiten de generación en generación en este segmento social.

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