• septiembre 17, 2019
  • Trinidad, Beni

El look ‘working girl’ de 2019 no es el de siempre

Los cambios socioculturales y las distintas maneras de entender la feminidad por parte de los diseñadores han hecho que el llamado estilo ‘office’ experimente giros sutiles pero definitivos.

El look ‘working girl’ de 2019 no es el de siempre: es uno más abierto y actual.

Lo cierto es que continúan existiendo sectores en los que el protocolo tradicional, lejos de acumular polvo, sigue vigente. Pero hay otros tantos en los que su antigüedad se ha palpado de una manera tan evidente que el avance ha sido tan inevitable como deseado: no se ha tratado solo de que las prendas de vocación casual tengan cabida en el día a día, sino que incluso las piezas y los estilismos puramente formales han perdido rigidez para tender a una fluidez asociada a lo normativamente femenino. Pantalones de pinzas que amplían medidas y aligeran tejidos, chaquetas que se deconstruyen y faldas midi de tablas que sustituyen a las lápiz son solo una parte concreta de una nueva manera de interpretar el armario femenino.

 

Las creaciones de diseñadoras actualmente coinciden en el proceso de redefinición estética de la mujer trabajadora y, más allá, del espacio que la mujer madura e intelectual ocupa en la industria, sino que hay “algo de declaración política”, ligado al de poder y a las construcciones sociales con las que tratamos (o lidiamos) día a día.

Ese espíritu es compartido por Victoria Beckham. Después de diez años en la industria, la británica ha conseguido encontrar un camino que aúna aparentemente sin esfuerzo la practicidad, la elegancia simple y cierto aire arty en prendas que, aunque con siluetas más ajustadas que las anteriores, mantienen clara la máxima de concebirse por y para la mujer.

Gran parte de ese progreso viene de asumir que desear ropa funcional no está reñido con enloquecer por unos zapatos de purpurina, como contaba Beckham en el reportaje. “Me gustan los contrastes: ir vestida de una forma minimalista y simple y añadir un zapato o un bolso muy llamativo”, señalaba. Lo que parece una contradicción no es más que la muestra de 1) la complejidad de cualquier ser humano y 2) cierta reconciliación con lo que podríamos llamar nuestro lado rosa. Asumir los códigos estéticos de lo masculino sin dejar de ser la chica perfecta del anuncio ha sido nuestra tarea desde que dejamos de coser y cantar. Como un rito iniciático, dejar atrás la purpurina, las emociones, el rosa y las faldas de vuelo, la vulnerabilidad y las dudas”. Otro ejemplo cinematográfico: lo poco en serio que el entorno universitario se toma a Elle Woods (Reese Whiterspoon en Una rubia muy legal) por ser una mujer normativamente femenina, preocupada por su imagen y una gran devoción por el color que se nos ha asignado.
A la diatriba a la que se ha tenido que enfrentar la estética working girl no es sencilla. Simplificándolo, ha sido obligada a moverse entre la necesidad de adoptar la vestimenta de ellos para ser tomada en serio y el no perder características definitorias de la mujer a riesgo de ser demasiado masculina.
No se trata de desterrar los trajes de chaqueta del armario. Ni muchísimo menos, porque ahora son parte de nuestra realidad femenina, no un préstamo. Son una opción estética más entre las que existen, y una que puede convivir a la perfección con un dos piezas de flores o una blusa cuajada de volantes que asoma por una chaqueta de tweed. En las imágenes de street style puede verse: la gran mayoría de esos looks inspiradores pertenecen a editoras de moda que acuden a los desfiles a trabajar. Una tarea que muchos consideran maravillosa, es cierto, pero trabajo al fin y al cabo.
Ellas son la penúltima prueba de que el working girl se ha ampliado sin pudor para dar cabida a líneas onduladas, a vaqueros que hacen sentir bien, a tacones amarillos o mocasines planos, a pendientes de strass rutilantes, pantalones de vestir, chaquetas de cuadros y vestidos lenceros. A lo que se quiera, en realidad. Porque quizás de lo que de verdad tratará 2019 es de recuperar todo aquello que antes nos hacía sonrojar (o nos hicieron creer que debía sonrojarnos) y se tildó de débil solo por ser parte de la herencia de lo femenino. Recuperarlo para volver a mirarlo, analizarlo y, si apetece, abrazarlo; para entender que no hay que tratar de encajar en una imagen de poder, sino que la imagen e idea de poder debería amoldarse a nosotras.
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