• agosto 5, 2020
  • Trinidad, Beni

Las enseñanzas de la pandemia a la educación superior en Bolivia

Por: Diego A. Villegas Zamora

La pandemia del COVID-19 ha traído consigo una serie de reflexiones para todas las industrias y sectores, entre los cuales no podemos obviar a la educación superior. Cuando se comenzó a propagar mundialmente la enfermedad, fuimos incapaces de ver con claridad que la cuarentena era una política racional a adoptar por cualquier Estado para contener la enfermedad. Es así, que el Gobierno a partir del 14 de marzo tomo medidas de distanciamiento social para salvaguardar la salud de la población. Entre estas medidas, una que afectó directamente al sector educativo (privado y fiscal) fue la suspensión de las actividades educativas en todos sus niveles.

En esta coyuntura, muchas universidades —si no todas— comunicaron a su comunidad estudiantil que las actividades académicas iban a continuar bajo una modalidad virtual. Sin embargo, una semana después del inicio de la cuarentena total, pudimos advertir que una gran mayoría de las universidades públicas determinaron la suspensión de las clases virtuales. Esos centros de educación superiores argumentaron su decisión apelando a la “igualdad de oportunidades”; en realidad, la falta de previsión y planificación les impidió contar con una estructura tecnológica propicia para continuar con el proceso enseñanza-aprendizaje de manera virtual, teniendo en cuenta la población estudiantil que albergan.

Es importante que, como país, adoptemos políticas de Estado de carácter social, más allá de los intereses del Gobierno que circunstancialmente ostente el poder; esto permitirá que, como sociedad, avancemos en la educación no con la pretensión de sustituir las clases presenciales por las virtuales, sino con el objetivo de que las segundas complementen a las primeras. La educación es una prioridad para cualquier país, y una prioridad o política de Estado no distingue entre universidades públicas o privadas.

Debemos luchar para que la educación sea inclusiva y que exista la “igualdad de oportunidades”; sin embargo, no podemos esperar que esta última llegue por obra y gracia del Espíritu Santo; se necesita trabajar con políticas claras y consensuadas que propicien que la igualdad deje de ser un discurso y pase a ser una realidad. No conviene pasar por alto que nosotros, como ciudadanos y trabajadores, sostenemos el funcionamiento de las instituciones de educación superior públicas; con mayor motivo, éstas tienen la obligación de dar respuestas a nuestras demandas.

Cambiemos la “gia” de demagogia por la “gía” de la tecnología en todo nuestro sistema de educación (primario, intermedio y superior) y pensemos de una vez en unificar a nivel nacional un solo sistema de acreditación de la calidad educativa superior. Solo de ese modo será posible que las universidades públicas y las privadas se beneficien mutuamente de buenas prácticas. Debemos dejar de manejar a la educación universitaria con la mentalidad de los siglos XIX y XX, y trabajar de una vez para subirnos a la autopista de la digitalización en la educación.

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