Aprendiendo ciudadanía

Por: Carlos Hugo Molina

Con el mayor de los respetos, se hace necesario repasar las lecciones básicas del ejercicio ciudadano.

Con todas las condiciones de bioseguridad impuestas por la pandemia, debemos ir a votar el 18 de octubre. La modificación de la fecha para que ofreciera mayor garantía de seguridad, ha servido para que sigamos fijando conscientemente el valor del barbijo, la distancia social, el lavado de las manos…

Aunque las críticas se expresen muy duras, se hace necesario revalorizar la política y a quienes la ejercen. En periodos como estos, el ejercicio de la política, con los riesgos de la exposición pública, necesita ser reconocida como el servicio que ella significa. A los médicos y paramédicos, las fuerzas de seguridad, policial y militar, los responsables de la provisión de servicios básicos, los comunicadores y trabajadores de los medios en toda su extensión, debemos sumar a quienes practican la política como servicio.

Después de haber sido descalificados al cansancio hasta creer la inutilidad de su ejercicio, hasta describirlos con adjetivos peyorativos, es imprescindible devolverle a los acuerdos y los pactos que nacen del diálogo, la importancia que tienen en democracia. Para que el diálogo no se convierta en un delito, debemos demandar que los diversos establezcan concertaciones en favor del colectivo social. Se acabó el reinado del monólogo y del dedo que acusaba y sembraba el temor y el miedo.

Volvamos al debate plural, escuchemos a los candidatos, que se sienten frente a nosotros, individualmente y en conjunto… que las preguntas tengan respuestas, que las diferencias se expresen con altura, que el pensar diferente siga siendo un derecho de la libertad.

La diferencia nos enriquece, el pensamiento único no es democrático, la diversidad cultural es disruptiva, la educación debe romper esquemas autoritarios, la naturaleza y la vida son diversas y plurales, cultivemos su ejercicio. Oriente y occidente, campo y ciudad, indígenas, blancos, criollos y mestizos somos parte de esta geografía humana que se combina en el arcoíris para inventar los colores. No debemos buscar ser crisol que hace desaparecer los matices, debemos seguir construyendo el vitral de la diversidad.

Cuando repaso estas ideas, me pregunto cómo fue que llegamos hasta donde llegamos, a aceptar el absurdo y que parezca normal que ocurriese de manera cotidiana. Quedamos inmóviles y paralogizados por el volumen de las negaciones, de la violencia, verbal, simbólica, sicológica y física.

Lo que venga, no puede ser peor que lo que ya hemos superado. De la misma manera como nadie aceptaría hoy la esclavitud, la mita, el pongueaje, la servidumbre, el vasallaje, debemos prometernos que nunca más dejaremos colectivamente que sea el atropello quien gobierne, con cualquier ropaje que esté vestido.

Sigamos respirando libertad y justicia.

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